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El profesor Crespo, un universitario pleno

En su domicilio de Oviedo, víctima de una larga y cruel enfermedad que le aquejó dolorosamente en los últimos meses, falleció a primera hora de la noche del pasado miércoles 19 de abril el Profesor don Manuel Crespo Hernández. Nacido en Carbajosa de la Sagrada, en pleno corazón del Campo de Salamanca y el Campo Charro, el pasado 29 de diciembre había cumplido 80 años. Fruto de su matrimonio con doña María Rosa Marcos deja cuatro hijos y ocho nietos.

CrespoHernandez(SCCALP)Quedaría fuera de lugar hacer ahora una dilatada recensión de sus enormes méritos profesionales, del mismo modo que sería injusto referirse a él en este medio sin ofrecer a los lectores lo que pueda ser una somera relación de su trayectoria y una aproximación a su verdadera dimensión. Don Manuel se licenció en 1962 con Premio Extraordinario en la Universidad de Salamanca, donde dos años después leyó su Tesis Doctoral calificada como Sobresaliente cum laude. Se formó como especialista en el Hospital Clínico de la ciudad castellana y con solo veintiocho años obtuvo por concurso-oposición y con el número uno la difícil plaza de Médico Puericultor del Estado. Desde ese momento inicia una trayectoria de velocidad acelerada, con una decidida voluntad de dar siempre un paso más en su carrera profesional. En el curso 68-69 fue becado por concurso nacional de méritos para una estancia en la Universidad de Zürich. Y desde su doctorado, tras su paso por Valladolid y Sevilla, y a través del escalafón ya desaparecido de profesor agregado que ocupa en 1972, pasan sólo 8 años hasta que logra la Cátedra en la Universidad de Oviedo y la Jefatura del Servicio de Pediatría de la Residencia Sanitaria de Asturias. De los puestos docentes y cargos académicos desempeñados en nuestra Universidad cabe destacar el de Decano de la Facultad, Director del Departamento de Medicina, Claustral electo y miembro de su Junta de Gobierno, además de integrante de sucesivas y numerosas comisiones y grupos de trabajo.

A lo largo de su casi medio siglo como pediatra sus temas de interés han ido cambiando desde lo más concreto a lo más general; de lo práctico a lo teórico, sin abandonar ni un solo momento su vocación docente. A su primer artículo, un caso clínico firmado en 1963 (Enfermedad de Gaucher de forma juvenil), le siguieron rápidamente otros, dando cuenta de su capacidad de trabajo que el año de su doctorado firmase 10 publicaciones, a las que cada año se van sumando otras hasta las 333 que alcanza en 2007, justo al cumplir 45 años de ejercicio y firmada junto al equipo liderado por el profesor Carlos Bousoño, uno de sus más brillantes discípulos. Ha publicado libros y capítulos de libros con un total de 78 títulos, algunos verdaderamente magistrales por la pulcritud de su estilo y la claridad de su exposición. Sus trabajos sobre temas profesionales y de formación médica, en los últimos años firmados con su hijo David, también pediatra, son repetidamente citados por estudiosos nacionales y extranjeros. Fue miembro del comité editorial de las principales revistas pediátricas y destacado director del Boletín de Pediatría. Dirigió cuarenta Tesis doctorales, dieciséis Tesinas de Licenciatura, quince proyectos de investigación con financiación oficial, además de haber realizado cientos de ponencias, conferencias y comunicaciones a congresos. Ha sido el principal responsable de la formación de tres Catedráticos de Universidad, siete Profesores Titulares y cerca de dos centenares de especialistas en pediatría.

Dentro y fuera de nuestra región gozaba de un gran prestigio y de respeto incontestable, fundamentados en su larga labor docente y en el decisivo impulso que junto a un gran plantel de profesores y catedráticos –los doctores Pérez Casas, López Arranz, Arribas Castrillo, entre otros- dio a la fundación y desarrollo de nuestra Facultad. Con ellos, sus “mejores amigos”, reconocía haber compartido “muchas inquietudes universitarias, hospitalarias y personales”. Designado por el Ministerio, desde 1991 y hasta su jubilación fue Presidente de la Comisión Nacional de la especialidad, desde donde fue testigo y protagonista de grandes cambios en la organización de la asistencia pediátrica y de la medicina, manifestándose en algunos de sus escritos y declaraciones especialmente crítico frente a políticos y gestores de ocasión, frente a algunos compañeros más jóvenes que tras una imparable y necesaria idea de renovación transmitían una desmedida “impaciencia y precipitación”, cuando no buscaban la justificación y el logro de intereses particulares. En 1997 ingresa como Académico de Número de la Real Academia de Medicina del Principado de Asturias con un discurso titulado “Pediatría en la frontera de dos siglos. Cambios necesarios en el quehacer y el enseñar”, respondido por el Profesor López Arranz y en el que señalaba con gran clarividencia algunas de las dudas y conflictos que actualmente plantea la medicina infantil de nuestro país. Precisamente en la Academia y en el Real Instituto de Estudios Asturianos, en cuyas sesiones coincidíamos regularmente, y en algunos viajes a las reuniones de nuestra sociedad regional (la SCCALP), he podido tratar más y conocer mejor su faceta más humana y personal, aunque mi relación con él se inició como alumno de pediatría, asignatura en la que exponía una extensa parte del temario, haciéndolo con gran seriedad y una brillantez inusual en nuestra facultad. Para mí luego siguieron cuatro años de especialidad y once más vinculado a la Unidad de Hemodiálisis infantil del Departamento que él dirigía, con cambios de guardia y puntuales sesiones clínicas matutinas en las que el respeto a su persona y la atención prestada se advertía en el silencio y la compostura de todos los presentes. Don Manuel se sentaba en la primera fila de la sala, junto a don Jorge Valdés Hevia, a quien en la que quizá fue su última alocución pública reconocía como la persona “a quien más debía en su vida hospitalaria”; “su colaboración, añadía, intensísima y desinteresada siempre, ha sido un pilar fundamental” en su vida profesional.

A su lado se han formado profesores excepcionales de los que las recientes generaciones de médicos asturianos hemos podido recibir amplias enseñanzas y un ejemplo generoso. Hoy permanecen en esos puestos los doctores Carlos Bousoño y Fernando Santos, este último ahora como sucesor directo y responsable, según pude oírle, de haber puesto con su vocación investigadora la pediatría asturiana en un ámbito nuevo y superior. Ha de insistirse en que la interpretación que se haga de sus discípulos no carece de valor a la hora de reflejar la imagen de su personalidad y juzgar su ejecutoria. Porque para poder interpretar de manera justa su figura habrá que resaltar que Don Manuel fue un universitario pleno que motivado por el ejemplo de su amigo y maestro don Ernesto Sánchez Villares, asumió de modo decidido su vocación. Así, el doce de junio de 2014, en el curso de una emotiva sesión de homenaje que le dedicaba la Real Academia de Medicina, declaraba que la vida le había permitido dedicarse plenamente a su vocación prioritaria, frente a otras opciones profesionales. “Intenté trabajar, decía, con el deseo sincero de transmitir mi saber a otros y hacerlo con eficiencia y estilo académico”; estilo académico y eficaz que todos los pediatras hemos conocido y del que nos hemos beneficiado. Esa labor, exponía más adelante, no hubiese sido posible “sin el estímulo y apoyo de los componentes del Departamento de Pediatría de la Universidad y del Hospital Universitario Central de Asturias: profesores, médicos de plantilla, médicos residentes que se han formado en él y miles de alumnos licenciados en nuestra Facultad”. El gran patriarca vivo de la medicina infantil española, don Manuel Cruz Hernández, disertaba en el año 2007 sobre el significado del doctor Crespo en la pediatría española, definiéndolo como “símbolo elocuente de la estrecha unión entre dos escuelas pediátricas”, como “puente entre dos épocas”, la que por un lado se apoyó en los pilares que dejaron Guillermo Arce y Ernesto Sánchez-Villares y, estableciendo, por otro, “el sólido pedestal de una nueva escuela de pediatría moderna donde destacan las principales subespecialidades”. Resaltaba que había sido un docente “especialmente dotado para la enseñanza”; destacaba “su estilo difícilmente superable; su tono firme y didáctico, su dicción perfecta y adaptada a cualquier auditorio”.

Don Manuel ha sido un hombre estudioso, inteligente y reflexivo, de mente completamente organizada, de gran memoria. Ha sido sin ninguna duda uno de los grandes nombres de la pediatría española del último medio siglo. Gracias a su influencia directa, la de sus discípulos o a través de sus textos, en mayor o menor medida todos los pediatras somos sus herederos y deudores. Y al hacer esta rápida semblanza de su vida debe añadirse que entre sus numerosos méritos y reconocimientos quizá sean los que más gratos le hayan resultado la Medalla del XX Memorial Guillermo Arce-Ernesto Sánchez Villares, de la Sociedad de Pediatría de Asturias, Cantabria y Castilla y León, la distinción como Asturiano del año en 2007 y su nombramiento como Catedrático Emérito de nuestra Universidad; consecuencia justa de su lealtad a maestros y amigos, su compromiso con la comunidad en la que decidió trabajar y del ejercicio sobresaliente y entregado a los valores lógicos y útiles de la enseñanza universitaria.

 

Venancio Martínez Suárez
Pediatra

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