Stutvoet MD, Vroegindeweij A, Toonen TZ, et al. Fatigue in pediatric inflammatory bowel disease: Explained by transdiagnostic and disease-focused factors. J Pediatr Gastroenterol Nutr. 2025 Dec 23.
https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/41432100/
doi: 10.1002/jpn3.70317
La fatiga es uno de los síntomas más frecuentes y limitantes en los niños y adolescentes con enfermedad inflamatoria intestinal (EII), incluso en situaciones de remisión clínica. Tradicionalmente se ha atribuido a la actividad inflamatoria, la anemia o los trastornos del sueño, pero su persistencia en pacientes con enfermedad controlada sugiere la participación de otros factores no directamente relacionados con la inflamación. Este estudio analiza la prevalencia de fatiga grave en una cohorte pediátrica con EII y evalúa su relación tanto con variables clínicas propias de la enfermedad como con factores psicológicos, sociales y de estilo de vida.
El trabajo incluyó 127 pacientes de entre 8 y 18 años, en su mayoría en remisión clínica, que completaron escalas validadas de fatiga y calidad de vida. La fatiga fue referida por casi la mitad de los participantes, y un 29% presentó fatiga grave, una prevalencia claramente superior a la observada en población pediátrica sana y en otras enfermedades crónicas. Los datos aportados en la figura comparativa de la página 5 del artículo muestran que esta carga de fatiga se mantiene a pesar de un buen control inflamatorio en la mayoría de los casos.
En el análisis de los factores clínicos relacionados con la EII, solo la actividad clínica de la enfermedad y la presencia de comorbilidades mostraron una asociación significativa con la fatiga, y esta fue de magnitud moderada. No se observó relación con marcadores objetivos de inflamación, como la calprotectina fecal o la proteína C reactiva, ni con la anemia. En contraste, múltiples factores transversales o “transdiagnósticos” mostraron una asociación mucho más fuerte: peor calidad del sueño, menor actividad física, mayor dolor, síntomas de ansiedad y depresión, peor funcionamiento físico, emocional y social, menor satisfacción vital y mayor absentismo y presión escolar.
En el modelo multivariante final, que explica hasta el 78% de la variabilidad de la fatiga, únicamente permanecieron los factores transdiagnósticos, desapareciendo la influencia independiente de las variables clínicas de la EII. Entre ellos, los síntomas depresivos y la calidad del sueño destacaron como los determinantes más relevantes. Estos resultados refuerzan la idea de que la fatiga en la EII pediátrica responde a un modelo biopsicosocial, en el que la inflamación puede actuar como desencadenante inicial, pero son otros factores los que perpetúan el síntoma a largo plazo.
Los autores concluyen que la evaluación y el manejo de la fatiga en niños con EII deben ir más allá del control de la actividad inflamatoria. Abordar de forma sistemática aspectos modificables como el sueño, la actividad física, el estado emocional y el entorno escolar podría ser clave para reducir la fatiga y mejorar la calidad de vida, incluso en pacientes en remisión clínica. Este enfoque integrador, ya aplicado en otras enfermedades crónicas pediátricas, podría optimizar el seguimiento y el tratamiento de la EII en la práctica clínica habitual.













