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Jesús García Pérez nos explica cómo prevenir, detectar y actuar ante un riesgo de suicidio infantil

8 Oct 2026 | 40 Congreso de la SEPEAP, Actualidad, Actualidad Grupo de Trabajo Pediatría Social, Noticias, SEPEAP

Jesús García Pérez es presidente del Instituto Madrileño de Pediatría (IMPe), de la Asociación Universitaria de Niños con Patología Social (AUNPASO) y del Grupo Pediátrico Madrileño de Formación Continuada (GRUPEMA). Durante su dilatada trayectoria ha ocupado puestos de presidencia y dirección de numerosas entidades, asociaciones y sociedades relacionadas con la Pediatría Social y la prevención del maltrato. Es el coordinador del Grupo de Pediatría Social de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), de la que además es socio de honor, y miembro del Grupo de Trabajo de Vacunas (VACAP), entre otros numerosos logros y reconocimientos.  A propósito de su próxima colaboración con nuestro 40 Congreso Nacional, que se celebrará la semana que viene en Madrid, hemos entrevistado a una figura que es, sin lugar a dudas, uno de los profesionales más cualificados y de mayor trayectoria profesional en estos ámbitos.

¿Qué está ocurriendo con el suicidio en menores de 20 años en España en 2024 y 2025?

Los datos obligan a diferenciar dos fenómenos. En 2024 murieron por suicidio 90 menores de 20 años, 14 más que en 2023. Fue la cifra más alta de los últimos años y superó los 87 casos registrados en 2022. Entre 2019 y 2024, la cifra se situó aproximadamente entre los 62 y los 90 casos anuales.

En 2025, el INE contabilizó provisionalmente 3.808 suicidios en el conjunto de la población española, frente a los 3.953 de 2024, lo que supone un descenso del 3,7 %. Sin embargo, todavía no se ha publicado como definitivo el desglose por edades de 2025. Por tanto, no sería correcto afirmar que los suicidios de menores de 20 años han aumentado o disminuido ese año basándonos únicamente en el dato global.

Y esto es importante: que descienda el suicidio en el conjunto de la población española no significa necesariamente que haya descendido en todos los grupos de edad.

¿Qué está pasando con nuestros niños y adolescentes?

No parece existir una única explicación. Estamos ante la interacción de muchos factores: la salud mental, los problemas familiares, el aislamiento, el acoso, los conflictos interpersonales, las experiencias traumáticas, el consumo de sustancias en algunos casos, la presión académica, las dificultades sociales y también factores relacionados con el entorno digital.

La OMS insiste en que la conducta suicida es multifactorial y normalmente no puede atribuirse a una sola causa. Entre los factores conocidos están los trastornos mentales, el abuso, la violencia, el aislamiento, las dificultades para acceder a ayuda y determinados acontecimientos vitales estresantes.

Por eso sería un error decir simplemente que los móviles, las redes sociales, el bullying o la depresión son la causa. La realidad suele ser mucho más compleja.

¿Estamos ante un aumento real del suicidio adolescente o estamos mejorando la detección y el registro?

Probablemente tenemos que contemplar las dos posibilidades, aunque no podemos cuantificar cuánto corresponde a cada una.

Las muertes por suicidio se registran a través de la estadística oficial de defunciones del INE, que utiliza los certificados médicos y, cuando existe intervención judicial, la información de los juzgados y de los Institutos de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

Además, actualmente existe mucha más atención social y sanitaria a la conducta suicida, lo que puede favorecer que las ideaciones, las autolesiones y las tentativas se detecten con mayor frecuencia.

Pero hay que distinguir una cosa de la otra: que se diagnostiquen más problemas de salud mental o que se detecten más autolesiones no significa automáticamente que se estén registrando como suicidios muertes que antes no lo eran.

Lo que sí sabemos es que 2024 fue un año especialmente elevado entre los menores de 20 años, mientras que el conjunto de la población registró un descenso.

¿A qué edad puede empezar a aparecer una conducta suicida? ¿Puede un niño de 10 u 11 años tener pensamientos suicidas?

Sí. La conducta suicida puede aparecer incluso antes de la adolescencia. Un niño de 10 u 11 años puede expresar pensamientos como «no quiero seguir viviendo», «ojalá no estuviera aquí», «quiero desaparecer», «sería mejor que estuviera muerto» o «no quiero despertarme mañana».

No debemos pensar que un niño es demasiado pequeño para experimentar desesperanza o tener pensamientos relacionados con la muerte.

De hecho, la propia OMS sitúa la adolescencia entre los 10 y los 19 años y señala que una parte importante de los trastornos mentales comienza antes de los 14 años.

En España, los datos de 2024 incluyen suicidios también en edades infantiles y adolescentes, y las estadísticas del INE permiten consultar específicamente los grupos de menores de 15 años y de 15 a 19 años.

«Hay una señal que nunca debemos relativizar: que diga que quiere morir, que no quiere vivir o que está pensando en suicidarse.»

¿Cuál es la primera señal que debería hacer saltar las alarmas de los padres?

Una de las señales que más debería preocuparnos es un cambio importante y mantenido respecto a cómo era ese niño o adolescente antes, especialmente si aparece acompañado de desesperanza.

Puede ser un aislamiento repentino, dejar de hacer cosas que antes disfrutaba, un deterioro brusco del sueño, abandonar a sus amigos, un descenso importante del rendimiento, irritabilidad o agresividad inhabituales, regalar pertenencias, hablar de ser una carga, hablar de muerte o desaparición, despedirse de personas o presentar autolesiones.

Pero hay una señal que nunca debemos relativizar: que diga que quiere morir, que no quiere vivir o que está pensando en suicidarse.

Incluso aunque lo diga aparentemente «de broma», hay que preguntarle qué quiere decir y explorar la situación. No debemos dar por hecho que no tiene importancia.

¿Qué señales puede detectar un pediatra durante una consulta de apenas 10 minutos?

Un pediatra no necesita descubrirlo todo en diez minutos. Necesita abrir una puerta.

Puede fijarse en cambios de peso o apetito, alteraciones del sueño, absentismo escolar, descenso académico, ansiedad, irritabilidad, tristeza, aislamiento, autolesiones, consumo de sustancias, dolores físicos recurrentes sin una explicación suficiente, cambios de conducta, conflictos familiares, acoso escolar o pérdidas recientes.

Y, sobre todo, puede hacer preguntas directas. Por ejemplo: «¿Últimamente has pensado que no merece la pena seguir viviendo?» Y después: «¿Has pensado alguna vez en hacerte daño?».

Preguntar directamente por el suicidio no induce al suicidio. Hablar abiertamente de ello puede ayudar y preguntar por estos pensamientos no hace que una persona vaya a actuar siguiendo esas ideas.

Por eso es importante que los profesionales de Atención Primaria y Pediatría estén formados para detectar estas situaciones.

¿Cómo debería abordar el tema un pediatra en consulta?

Con naturalidad, privacidad y sin dramatizar. Se puede empezar explicándole al adolescente que se le van a hacer unas preguntas porque parece estar atravesando un momento difícil.

A partir de ahí, preguntar si se ha sentido muy triste o sin esperanza últimamente, si ha pensado que preferiría no estar aquí o si ha pensado en suicidarse o hacerse daño.

Si responde afirmativamente, hay que profundizar en la intensidad y actualidad del riesgo: si existen pensamientos en ese momento, si hay intención o planificación, si ha habido tentativas o autolesiones anteriormente, cuáles son sus factores de protección y si podemos mantener al menor seguro.

Y hay algo fundamental: no podemos dejar la conversación en un «hablaré con tus padres» y terminar la consulta. Una sospecha de riesgo requiere una valoración y un plan de actuación.

«El antecedente de una tentativa previa es uno de los factores de riesgo más importantes que conocemos».

¿Cómo se distingue entre un adolescente que está pasando por un momento negativo y uno con verdadero riesgo suicida?

No existe una frontera matemática. La diferencia fundamental está en la combinación de factores y, especialmente, en la presencia de ideación suicida, intención y capacidad de pasar al acto.

Nos preocupa mucho más cuando existen pensamientos suicidas actuales, intención de morir, planificación, acceso a medios para hacerse daño, una tentativa previa, autolesiones, desesperanza intensa, sensación de no tener ninguna salida, aislamiento, consumo de alcohol o drogas, acontecimientos traumáticos recientes, ausencia de una persona adulta de confianza o un empeoramiento rápido.

Un adolescente puede estar profundamente triste y no tener un riesgo suicida inmediato. Y otro puede parecer relativamente tranquilo y sí tenerlo.

Por eso la apariencia externa no es suficiente. Además, el antecedente de una tentativa previa es uno de los factores de riesgo más importantes que conocemos.

¿Qué papel juegan la depresión y otros trastornos mentales?

Tienen un papel importante, pero hay que evitar una simplificación: suicidio no equivale a enfermedad mental.

La depresión puede producir desesperanza, pérdida de interés, aislamiento y la sensación de que el sufrimiento no va a terminar. También pueden intervenir los trastornos de ansiedad, los trastornos de conducta, el consumo problemático de sustancias, los trastornos relacionados con el trauma y determinados trastornos de personalidad, especialmente en adolescentes mayores.

Pero también existen suicidios o tentativas en personas que no tenían un diagnóstico psiquiátrico conocido.

Por eso no podemos esperar a que aparezca una etiqueta diagnóstica para preguntar por el suicidio.

¿Qué peso tienen el bullying y el ciberbullying? ¿Y las redes sociales?

Son factores relevantes, pero tampoco son explicaciones únicas.

El acoso puede generar una combinación especialmente peligrosa de humillación, aislamiento, miedo, pérdida de autoestima y sensación de no poder escapar.

Además, el ciberacoso tiene una característica especialmente problemática: puede continuar cuando el adolescente abandona el colegio. El problema ya no termina al llegar a casa.

Respecto a las redes sociales, debemos evitar dos extremos: decir que «las redes sociales provocan suicidios» o afirmar que «las redes sociales no tienen ninguna relación».

Pueden amplificar determinados riesgos, especialmente en jóvenes vulnerables, pero también pueden facilitar apoyo, conexión y acceso a ayuda. Por tanto, su papel tampoco puede reducirse a una única lectura.

¿Estamos preparados para detectar el ciberbullying cuando ocurre fuera del colegio y dentro del móvil?

Tenemos herramientas, pero la detección sigue siendo difícil.

Muchas veces los padres no ven los mensajes; el adolescente siente vergüenza, tiene miedo de que le quiten el móvil o teme que la situación empeore si intervienen los adultos. También puede borrar las conversaciones; el agresor puede ser anónimo y el contenido puede difundirse con enorme rapidez.

Por eso es fundamental que padres, pediatras y profesores pregunten específicamente por la vida digital.

No basta con preguntar: «¿Te hacen bullying en el colegio?». También hay que preguntar si hay alguien que le moleste, amenace, humille o excluya a través de WhatsApp, Instagram, TikTok, videojuegos u otras redes.

¿Puede una crisis aparentemente pequeña —una ruptura, un conflicto familiar, suspender unos exámenes— desencadenar una conducta suicida?

Sí, puede actuar como desencadenante, aunque normalmente no debemos interpretarla como la causa única.

Para un adulto, suspender un examen puede parecer algo pequeño. Pero para un adolescente que ya acumula depresión, aislamiento, bullying, conflicto familiar, baja autoestima, falta de apoyo o desesperanza, puede convertirse en la gota que colma el vaso.

Algunos suicidios pueden producirse de forma impulsiva durante una crisis ante acontecimientos vitales estresantes.

Por eso la pregunta importante no es «¿de verdad se suicidó por suspender un examen?», sino «¿qué estaba ocurriendo en su vida y qué significado tenía ese fracaso para él o ella?».

«La violencia familiar, los abusos y otras experiencias adversas durante la infancia son un factor de enorme importancia».

¿Qué papel desempeñan la violencia familiar, los abusos y otras experiencias adversas durante la infancia?

Son un factor de enorme importancia.

La exposición a violencia, abuso sexual, maltrato, negligencia, violencia entre los progenitores, pérdidas, abandono u otras experiencias traumáticas puede afectar al desarrollo emocional y aumentar la vulnerabilidad posterior.

Y hay algo especialmente importante: un niño que vive violencia en casa puede no tener un lugar seguro al que regresar después de una crisis escolar.

Por eso la prevención del suicidio infantil no puede limitarse a la consulta de psiquiatría. También implica protección de la infancia.

¿Por qué algunos adolescentes hablan de lo que les pasa y otros consiguen ocultarlo completamente?

Porque mostrar sufrimiento también puede dar miedo.

Algunos adolescentes pueden pensar: «Mis padres se enfadarán», «me van a quitar el móvil», «me van a llevar al psiquiatra», «no me van a entender», «voy a decepcionar a mi familia», «si lo cuento, el bullying será peor» o simplemente «no quiero preocupar a nadie».

Además, algunos jóvenes pueden seguir funcionando externamente: van a clase, hablan, hacen deporte y parecen normales.

Por eso es peligroso pensar: «Si realmente estuviera mal, nos lo habría dicho». No necesariamente.

¿Qué pueden hacer los padres si sospechan que su hijo piensa en suicidarse?

Lo primero es preguntárselo directamente. Se puede decir algo tan sencillo como: «Te noto sufriendo mucho y estoy preocupado por ti. Necesito preguntarte algo directamente: ¿has pensado en suicidarte?».

Si dice que sí, no hay que discutir, regañar, culpabilizar ni minimizar.

Hay que evitar frases como «no digas tonterías», «tienes toda la vida por delante», «hay gente con problemas de verdad», «lo haces para llamar la atención» o «piensa en lo que nos haces a nosotros».

Es mucho mejor responder: «Gracias por contármelo», «no tienes que afrontar esto solo» y «vamos a buscar ayuda juntos».

Si existe un riesgo inmediato, no debe quedarse solo. Hay que buscar atención urgente y retirar de forma segura el acceso a medios con los que pudiera hacerse daño.

En España se puede llamar al 112 ante una emergencia vital inmediata y al 024, disponible las 24 horas, para crisis suicida y orientación a familiares. Para niños y adolescentes también está el Teléfono/Chat ANAR, en el 900 20 20 10.

¿Qué debería hacer un pediatra después de detectar ideas suicidas?

No debería limitarse a recomendar que «lo vea Salud Mental». Debe realizar una valoración del riesgo, establecer qué grado de urgencia existe y decidir el circuito asistencial correspondiente.

Si existe un riesgo inmediato o muy alto, la actuación debe ser urgente. Si existe riesgo, pero no una emergencia inmediata, debe efectuarse una evaluación especializada y un seguimiento estrecho. Y cuando existe ideación sin riesgo inmediato, hay que intervenir, valorar los factores asociados, apoyar a la familia y realizar seguimiento.

Además, hay que investigar posibles intentos previos, autolesiones, depresión, ansiedad, bullying, violencia, abuso, consumo de sustancias, problemas familiares, situación escolar y factores protectores.

¿Y qué ocurre después de detectar el riesgo?

La detección no sirve de mucho si después no existe continuidad asistencial.

El momento posterior a una crisis o una tentativa es especialmente importante. Debe existir seguimiento, acceso rápido a profesionales de salud mental, participación de la familia y coordinación entre Pediatría, Salud Mental y, cuando sea necesario, el colegio o los servicios sociales.

También debe existir un plan para las siguientes horas y días y una revisión del entorno y de los factores que han podido desencadenar la crisis.

La prevención eficaz no termina cuando el adolescente abandona Urgencias o la consulta. La detección, el tratamiento y el seguimiento forman parte del proceso.

¿Tenemos suficientes recursos de salud mental infanto-juvenil?

Es probablemente una de las preguntas más difíciles de contestar con un simple sí o no.

España ha aumentado la atención política y sanitaria a la salud mental. La Estrategia de Salud Mental 2022-2026 incluye específicamente a la población infantil y adolescente y plantea mejorar la detección, la atención precoz y la coordinación entre Atención Primaria y Salud Mental.

También se han desarrollado mecanismos específicos de prevención del suicidio y circuitos de atención.

Pero tener una estrategia no significa que exista la misma capacidad asistencial en todas las comunidades autónomas ni que todos los adolescentes puedan ser atendidos con la rapidez necesaria.

Por tanto, la respuesta más rigurosa es que se han producido avances importantes, pero todavía existen necesidades de recursos, profesionales, coordinación y accesibilidad que deben resolverse.

«Los profesores pueden detectar aislamiento, absentismo, cambios de comportamiento, caída académica, conflictos, acoso, exclusión, autolesiones, comentarios relacionados con la muerte o cambios en las relaciones sociales».

¿Qué papel juegan los centros educativos?

Un papel fundamental, porque el colegio o el instituto puede ser el lugar donde primero se observe el cambio.

Los profesores pueden detectar aislamiento, absentismo, cambios de comportamiento, caída académica, conflictos, acoso, exclusión, autolesiones, comentarios relacionados con la muerte o cambios en las relaciones sociales.

Pero el profesor no debe convertirse en psicólogo ni intentar evaluar por sí solo el riesgo suicida.

Su función es detectar, escuchar, proteger, comunicar al equipo correspondiente, activar el protocolo y coordinarse con la familia y los servicios sanitarios cuando corresponda.

«Si existe peligro inmediato, en España está el 112. También se puede contactar con el 024, que funciona las 24 horas y atiende tanto a personas con ideación suicida como a familiares y allegados. Para menores, ANAR ofrece atención 24/7 en el 900 20 20 10».

¿Qué le dirías a un adolescente que está pensando que no hay salida y que su situación no puede cambiar?

Le diría algo muy sencillo: lo que estás sintiendo ahora puede parecer permanente, pero no tienes que resolver toda tu vida hoy.

No necesitas saber cómo solucionar todos tus problemas. Solo necesitas dar el siguiente paso y contárselo a alguien.

Si estás pensando en morir, no te quedes solo con ese pensamiento. Díselo a un adulto en quien confíes: tu madre, tu padre, un profesor, un médico, un familiar o un orientador.

Puedes decir simplemente: «No estoy bien y estoy pensando en hacerme daño». No tienes que explicarlo perfectamente.

Pedir ayuda no es fracasar. Es conseguir que otra persona te ayude a soportar algo que ahora mismo es demasiado pesado para llevarlo solo.

Y aunque ahora no puedas imaginarlo, una crisis puede cambiar. No tomes una decisión permanente para resolver un dolor que puede cambiar.

Si existe peligro inmediato, en España está el 112. También se puede contactar con el 024, que funciona las 24 horas y atiende tanto a personas con ideación suicida como a familiares y allegados. Para menores, ANAR ofrece atención 24/7 en el 900 20 20 10.

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