Berghezan-Suárez A, López-Martín D, Carbajo-Ferrerira AJ, et al., y Grupo de Trabajo de Gastroenteritis Aguda en Pediatría. Documento de consenso SEIP/AEPap/SEPEAP/SEGHNP/SEUP sobre el diagnóstico y tratamiento etiológico de las gastroenteritis agudas de origen infeccioso. An Pediatr (Barc). 2025;103:503984
La gastroenteritis aguda (GEA) se define como la disminución en la consistencia de las heces, que pueden ser blandas o líquidas, y/o el aumento en la frecuencia deposicional (>3 en 24 horas) con o sin fiebre y vómitos. La duración habitual suele ser menor a 7 días y no superior a 14 días. El rotavirus es el microorganismo más frecuentemente implicado seguido del norovirus, invirtiéndose la tendencia en países con altas tasas de vacunación. En este texto se desarrollan cuestiones acerca del diagnóstico, tratamiento etiológico y complicaciones de la GEA en edad pediátrica.
Lo habitual es que no se precise realizar un estudio microbiológico en las heces ya que la mayoría de las GEA son leves, autolimitadas y víricas. Se establecen unos supuestos para indicar este estudio como la duración mayor de 7 días, los procesos graves con ingreso hospitalario o diarreas enteroinvasivas, pacientes de riesgo por enfermedades de base y menores de 3 meses, diarrea nosocomial, del viajero o brotes epidémicos, así como sospecha de clínica compatible con síndrome hemolítico urémico (SHU). La técnica diagnóstica se elegirá según contexto y disponibilidad siendo la clásica para la diarrea bacteriana el coprocultivo que permite realizar antibiograma, pero superándola en rapidez las técnicas de detección de antígenos. La observación en fresco queda acotada a la sospecha de diarrea por parásitos precisando para aumentar su sensibilidad 3 muestras en días alternos. La determinación de reactantes de fase aguda y hemograma se valorará en caso de afectación del estado general, deshidratación moderada o grave, inestabilidad hemodinámica o sepsis. El hemocultivo, además de en esta última situación, se extraerá ante una sospecha de fiebre entérica, en pacientes inmunosuprimidos, con alto riesgo de anemia hemolítica y menores de 3 meses con diarrea inflamatoria o síndrome disentérico.
Como norma general no está indicado el uso rutinario de antibióticos, aunque exista sospecha de origen bacteriano por sus características enteroinvasivas. Hemos de tener en cuenta los factores en los que se considera necesario un tratamiento empírico, como la edad menor de 3 meses (aunque algunos autores valoran los menores de 6 meses), enfermedad de base (inmunodeprimidos, asplénicos, drepanocitosis o desnutrición) o diagnóstico clínico de sepsis. Los antibióticos de elección son azitromicina vía oral o cefalosporinas de 3ª generación vía parenteral. Una vez aislado el microorganismo ajustaremos el tratamiento según los resultados (el texto ofrece tablas donde se pueden consultar). Existen dos supuestos en los que hay que valorar no iniciarlo como en infecciones por Salmonella no tiphy en las que se ha demostrado que en comparación con placebo o con la ausencia de tratamiento no hay diferencias en la duración de la fiebre o diarrea en niños sanos. Además, se ha descrito que en portadores crónicos puede favorecer la aparición de enfermedad sistémica, recaídas o la selección de cepas resistentes. Por esto sólo se valora en diarrea prolongada o en población de riesgo (menores de 6 meses, tratamiento con corticoides, enfermedad inflamatoria intestinal, inmunosupresión, hemoglobinopatías, hemodiálisis). La otra situación es la detección de E.coli productora de toxina Shiga ya que a la espera de más datos sobre la relación controvertida entre antibioterapia y desarrollo de SHU la mayoría de las sociedades recomiendan no utilizarla.
Consideramos patógenos emergentes a los que no son endémicos en nuestro medio pero que, debido a cambios sociodemográficos y/o ambientales, están aumentando su incidencia. Ante esta sospecha se recomienda valorar las particularidades del huésped y su contexto para evaluar los gérmenes implicados. Una situación cada vez más frecuente es la diarrea del viajero en la que el inicio de la antibioterapia empírica dependerá del estado general del paciente y su evolución en las 72 horas siguientes, considerando siempre las peculiaridades de los grupos de riesgo.
Los patógenos de significado incierto son habitualmente comensales que en determinadas situaciones dependientes del microorganismo o del huésped pueden causar sintomatología directa o indirecta (disbiosis). Existen numerosos protozoos no patógenos que en caso de aislarse en niños con GEA no deben asumirse como agente causal. Se recomienda en estos realizar técnicas moleculares para diferenciarlos de E. histolytica que sí es patógena. Otros microorganismos de patogenicidad incierta pueden estar presentes en individuos portadores y producir de forma eventual cuadros de diarrea aguda o crónica (Blastocystis spp., Dientamoeba fragilis, citomegalovirus, Cryptosporidium spp. y C. difficile que se considera comensal durante los 2 primeros años de vida).
La complicación más frecuente de una GEA es la deshidratación. Además, existen complicaciones específicamente asociadas a patógenos determinados que se pueden consultar en el texto. Ningún tratamiento basado en suplementos nutricionales, probióticos, soluciones de rehidratación oral o antibióticos influye en la mortalidad, empeoramiento del estado nutricional o persistencia de la diarrea. En este último contexto se nombra el síndrome postenteritis del que poco se conoce sobre su etiopatogenia, pero en el que se implican la presencia de infección persistente, cambios en la microbiota, alteraciones en la permeabilidad intestinal, malabsorción de hidratos de carbono, alergias alimentarias, dismotilidad, o presencia o perpetuación de enteropatía por malnutrición. En pacientes con diarrea prolongada tras una GEA se recomienda descartar intolerancia secundaria a la lactosa o alergia a proteína de leche de vaca.














