Excelentísimas Autoridades, queridos miembros de la Junta Directiva, queridos compañeros y amigos, señoras y señores:
Permitidme que, después de 5 años casi repitiendo lo mismo, empiece de una manera diferente.
Hace unos meses, cuando comencé a preparar este discurso, había acabado una consulta especialmente intensa. Había visto lactantes con fiebre, adolescentes con ansiedad, un niño con obesidad, otro con sospecha de un trastorno del desarrollo y varias familias agotadas buscando respuestas que iban mucho más allá de un tratamiento para un cuadro agudo.
Un caso digno de mención fue el de una adolescente, acompañada por su padre, con fiebre de días de evolución sin referir ninguna otra sintomatología. Días más tarde, acude acompañada de su madre por una tumoración dolorosa y caliente en la zona del periné y que, por vergüenza, no había comentado a su padre en la primera consulta, lo que provocó un retraso importante en el diagnóstico y un sufrimiento innecesario en la niña.
Cuando cerré la puerta de la consulta pensé algo muy sencillo: los modelos familiares han cambiado mucho, pero la Pediatría también ha cambiado profundamente. Ya no domina la patología infecciosa, sino la conductual. Pero, inmediatamente después, me hice otra pregunta: ¿Ha cambiado nuestro sistema sanitario al mismo ritmo que han cambiado nuestros niños?
Creo que todos conocemos la respuesta. Y esa es la razón por la que hoy estamos aquí. No solo para inaugurar un congreso, sino para reflexionar sobre el futuro de la Pediatría. Porque este no es un congreso cualquiera, celebramos el numero cuarenta de la SEPEAP. Cuarenta años defendiendo una idea que sigue siendo profundamente moderna: el mejor lugar para cuidar la salud de un niño es aquel donde el niño vive, crece, juega, aprende y convive con su familia.
Ese fue el sueño de quienes fundaron esta Sociedad cuando organizaron el primer congreso en Sevilla allá por 1986. Y hoy nos corresponde preguntarnos cuál debe ser nuestro sueño para los próximos cuarenta años.
España tiene muchos menos niños que entonces, pero nunca habíamos necesitado tanto a los pediatras. Existe una paradoja: cada vez nacen menos niños, pero sus necesidades sanitarias son más complejas. Porque hoy nuestros pacientes sobreviven más, viven con enfermedades crónicas que antes eran impensables, la salud mental ha irrumpido con fuerza, las familias necesitan orientación en un mundo donde reciben miles de mensajes contradictorios, la tecnología ha cambiado la infancia, las pantallas educan más horas que algunos profesores, las redes sociales influyen más que muchos tutores o incluso pediatras, y porque nunca había sido tan difícil crecer.
La pediatría ha cambiado profundamente. Hemos conseguido enormes avances en vacunación, prevención, nutrición, enfermedades infecciosas, neonatología, diagnóstico y tratamiento. La supervivencia de nuestros niños con enfermedades crónicas y complejas ha mejorado extraordinariamente. Pero, al mismo tiempo, han aparecido nuevos problemas: de ansiedad, de depresión, de trastornos del sueño, de obesidad, de sedentarismo, de uso excesivo de pantallas, de problemas del neurodesarrollo, de dificultades escolares, de violencia y acoso, de maltrato, de problemas sociales y familiares.
Y todos estos problemas llegan a nuestras consultas. Porque el pediatra de Atención Primaria es el profesional que conoce al niño desde que nace, el que conoce a sus padres y a su entorno, y el que puede detectar que algo no va bien cuando todavía no existe un diagnóstico. Ese es el enorme valor de nuestra pediatría.
El pediatra de Atención Primaria no se limita a únicamente a diagnosticar enfermedades. Tiene que acompañar, prevenir, escuchar, detectar, proteger, enseñar, cuidar y otras tantas cosas. Y todo ello en una consulta cada vez más saturada. Para poder realizar todas esas funciones, tenemos que reivindicar tiempo, estabilidad, enfermería pediátrica, trabajo multidisciplinar y coordinación con Pediatría Hospitalaria. Si la sociedad se mide por cómo trata a sus niños, el sistema sanitario se debería medir por cómo cuida a quienes los cuidan.
Y, sin embargo, precisamente cuando más importante es nuestra labor, la Pediatría de Atención Primaria atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia. Faltan pediatras, y no lo digo como un lamento. Lo expongo como un reto que España tiene la obligación de resolver. Se jubilan compañeros extraordinarios, las plazas son difíciles de cubrir, muchos jóvenes especialistas no encuentran motivos suficientes para desarrollar aquí toda su carrera profesional.
Y eso debería preocuparnos a todos, porque el problema es complejo y multifactorial. No es que falten pediatras, el verdadero problema es preguntarnos por qué cada vez resulta más difícil convencer a un pediatra para que quiera quedarse donde más se le necesita, en Atención Primaria.
Esa es la pregunta que debemos responder. No con discursos, sino con decisiones. Y, desde luego, la solución no consiste en incrementar el número de plazas de pediatría, puesto que resulta insuficiente si no se mejora el atractivo del ejercicio profesional posterior. Lo importante es mejorar las condiciones laborales y retributivas, la carga asistencial, la calidad de la formación, las oportunidades de desarrollo profesional, la conciliación o las expectativas de estabilidad tras la residencia.
La Administración, ciega y cortoplacista, como la duración del nombramiento de los gestores; no ve que estas medidas orientadas exclusivamente a aumentar el número de plazas o facilitar su cobertura serán insuficientes si no van acompañadas de políticas que hagan esas plazas verdaderamente atractivas y sostenibles.
Hoy quiero decir algo con absoluta claridad. Los pediatras no estamos pidiendo privilegios. Estamos pidiendo condiciones que permitan ofrecer una buena asistencia cuando pedimos tiempo por paciente, cuando reclamamos estabilidad laboral, cuando pedimos equipos multidisciplinares, y cuando exigimos que cada niño pueda ser atendido por un especialista en Pediatría.
No estamos defendiendo al pediatra, estamos defendiendo al niño.
Este es el mensaje que nunca debemos dejar de repetir, porque defender la Pediatría nunca ha sido una reivindicación corporativa, siempre ha sido una defensa del interés del menor. La Pediatría debe seguir siendo ejercida por pediatras. No podemos normalizar que un niño sea atendido sistemáticamente por profesionales que no tienen la especialidad. Porque cuando un niño no tiene pediatra, pierde continuidad asistencial, pierde prevención, pierde seguimiento, pierde la posibilidad de que alguien conozca su historia y pierde oportunidades de detectar precozmente una enfermedad.
Como resumen, os diría que todo niño tiene derecho a un pediatra. No reduzcamos sus derechos. Este derecho no puede depender de su código postal o de la situación económica de su familia. Porque si aceptamos que algunos niños tengan acceso a Pediatría y otros no, estamos aceptando una desigualdad sanitaria desde la infancia. Y nunca debemos dejar de recordar algo esencial: la desigualdad sanitaria durante la infancia tiene consecuencias durante toda la vida. Defendemos algo muy sencillo: un pediatra para cada niño. Y queremos que esta frase deje de ser un deseo para que sea un compromiso político y sanitario.
Permítanme detenerme un momento en la salud mental. Durante años hemos preparado a nuestros profesionales para responder a grandes epidemias infecciosas. Quizás ahora debamos prepararnos para otra epidemia mucho más silenciosa: la del sufrimiento emocional de nuestros niños y adolescentes. Cada consulta nos recuerda que algo está cambiando y, como he comentado antes, cada vez tenemos más consultas por: ansiedad, trastornos de conducta alimentaria, autolesiones, problemas de sueño y soledad.
Y aquí el pediatra de Atención Primaria tiene un papel esencial. La mayoría de las veces somos la primera puerta de entrada. Está claro que no podemos mirar hacia otro lado, pero tampoco podemos medicalizar la infancia. Y, para ello, necesitamos: recursos, coordinación, escuelas implicadas, familias acompañadas y pediatras que tengan tiempo para escuchar, porque muchas veces una conversación evita más sufrimiento que un medicamento.
Pero, por otro lado, no podemos pedir al pediatra que sea simultáneamente pediatra, psicólogo, psiquiatra, nutricionista, trabajador social, orientador escolar y gestor administrativo, entre otras cosas. Tenemos que construir equipos con otros profesionales, equipos multidisciplinares.
Hay quien piensa que el futuro de la Medicina estará dominado por la inteligencia artificial. Estoy convencido de que será una herramienta extraordinaria que nos ayudará a diagnosticar mejor, a interpretar pruebas, a manejar información. Pero hay algo que ninguna máquina podrá hacer: mirar a unos padres a los ojos y detectar el miedo detrás de un silencio, o comprender que un adolescente que dice «estoy bien» quizá esté pidiendo ayuda. Ese seguirá siendo el territorio del pediatra. Y precisamente por eso, nuestra profesión tiene más futuro que nunca.
Como presidente de la SEPEAP, quiero que esta Sociedad sea recordada por las nuevas generaciones como la que ayudó a cambiar la pediatría de Atención Primaria en España; la que fue capaz de sentar en la misma mesa a administraciones, universidades y sociedades científicas para aportar soluciones; la que escuchó a los jóvenes pediatras y sembró en ellos la semilla de la vocación de ser pediatras de Atención Primaria. No podemos permitir que nuestros jóvenes profesionales lleguen a la especialidad llenos de entusiasmo y la abandonen pocos años después por la precariedad, la sobrecarga o la falta de reconocimiento. Tenemos que recuperar el orgullo de ser pediatra y conseguir que nuestros jóvenes puedan decir: “Quiero ser pediatra de Atención Primaria”.
Quisiera terminar mirando hacia atrás. Hace cuarenta años un pequeño grupo de pediatras decidió crear esta Sociedad. No tenían la tecnología que tenemos hoy ni inteligencia artificial ni acceso inmediato a toda la literatura científica. Pero tenían algo extraordinario: creían que merecía la pena luchar por una Pediatría mejor. Y gracias a ellos, hoy estamos aquí y ahora nos toca a nosotros continuar su labor.
Espero que dentro de otros cuarenta años haya otro presidente inaugurando otro congreso como este. No sé cómo será la Medicina entonces ni qué enfermedades habremos conseguido vencer, pero sí sé una cosa: lo que me gustaría que dijeran de nosotros: «Aquella generación tuvo el coraje de defender la infancia cuando más lo necesitaba». No aceptó la resignación, no aceptó que la falta de pediatras fuera inevitable y tampoco aceptó que la Atención Primaria perdiera su papel.
Compañeros, ese es el legado que merece la pena dejar. Porque la grandeza de una sociedad científica no se mide por el número de eventos que organiza ni por el número de publicaciones que produce. Se mide por la huella que deja en la vida de las personas. Y si conseguimos que dentro de unos años haya más niños atendidos por pediatras, más familias acompañadas, más adolescentes escuchados y una Atención Primaria más fuerte, entonces podremos decir que estos cuarenta años habrán merecido la pena.
Hoy inauguramos nuestro 40.º Congreso. Y creo que debemos hacerlo con orgullo. Orgullo de nuestra historia y de nuestra profesión, pero también con espíritu crítico. Porque tenemos problemas, pero también tenemos algo mucho más importante: la capacidad, el conocimiento, unos profesionales extraordinarios, unos jóvenes pediatras con enorme talento, y unas Sociedades Científicas fuertes.
Muchas gracias por su atención.
Y declaro inaugurado el 40.º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria.



















